Los formadores deben capacitar a las personas para que apliquen con éxito los conocimientos en cualquier situación. ¿Consiguen este objetivo todos aquellos que terminan un curso?

José Antonio Marina explica en profundidad en sus libros y ponencias que la memoria es la base de la inteligencia. En ellos nos dice que sólo partiendo de lo que ya hay en la memoria podemos incorporar nuevos conocimientos. Por tanto, la memoria es un factor limitante de las posibilidades de cada persona. La capacitación real llega a producirse en pocas formaciones, y lo aprendido se va perdiendo con el paso del tiempo.

Ya en 1885 Hermann Ebbinghaus publicó en su tratado Sobre la memoria que al día siguiente de una clase magistral se recuerda menos del 40% de su contenido, y un mes después ni el 20%. El proceso de formación continuada (lifelong learning) se convierte así en una sucesión de picos con muchos conocimientos adquiridos, y valles con aquellos pocos realmente consolidados que perduran en el tiempo.

 

El avance de las neurociencias nos permite conocer hoy, que el cerebro humano aprende generando conexiones neuronales.

 

Cada cosa que aprendemos se debe a neuronas que se juntan temporalmente para transmitir neurotransmisores entre ellas. Pero esa unión requiere energía y, si pasa un tiempo sin usarse, la conexión se suelta. Cuando esto ocurre, la energía se emplea en conectar conceptos de mayor utilidad. Bajo el lema “Use it or lose it”, la memoria borra en pocos minutos lo que no evidencie utilidad real horas después. Si en la nueva conexión hay actividad en las horas siguientes a generarse, se interpreta que el concepto resulta útil. Cuando esto ocurre, la conexión se va “soldando” más tras cada oportunidad favoreciendo la consolidación en la memoria.

La formación tradicional aspira a la superación de un examen evaluatorio al final de curso, sin garantizar el posterior alcance. Recientes metanálisis de múltiples trabajos neurocientíficos han demostrado que las técnicas de estudio más habituales (releer, subrayar, resumir, …), no sirven para asegurar la durabilidad de los conceptos a largo plazo. Se necesita ejercitar la memoria con estrategias activas muy distinto, para las que los formadores pueden apoyarse en nuevas tecnologías. Pequeñas diferencias en las metodologías formativas pueden conducir a cambios profundamente diferentes en el cerebro del alumno.

 

Un formador se enfrenta a un reto cuando toma consciencia de su capacidad de modificar la estructura electro-química del cerebro de su audiencia.

 

Éste consiste en mejorar su manera de transmitir el aprendizaje para que sea efectivo y pueda llegar a transferirse a usos prácticos. Exponer al alumno en contacto con la información a aprender no es suficiente. Hay que conseguir que esta exposición tenga posteriores revisiones que hagan ejercitar los circuitos de las nuevas competencias. El nuevo rol del formador es acompañar el proceso de aprendizaje con formatos activos, que optimicen la comprensión y retención de los contenidos.

 

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